Ma Liang y el pincel mágico

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El día 13 de Mayo, Medicus Mundi nos invitó a participar en la maratón de cuentos que organizaban en La Casa Encendida de Madrid.

http://www.medicusmundi.es/madrid/noticias/contando_por_los_objetivos_del_milenio

Las historias hicieron a los niños viajar por el mundo, conocer otras culturas y aprender valores como la solidaridad y la igualdad.

Este es el cuento que Zumo llevó hasta allí. Podéis ver unas gotitas de la historia en nuestro canal de youtube.

 Esta es la historia de una niña que vivió en China e hizo todo lo posible para ayudar a los que vivían a su alrededor.

China es un país muy, muy grande. Es el país en el que viven más personas de todo el mundo, y muchas de esas personas son pobres y tienen muy poquitas cosas para vivir.

Ma Liang era una de esas personas. Vivía en una casa muy pequeñita con su madre y su hermano. La madre de Ma Liang trabajaba todo el día y ella tenía que ocuparse de cuidar a su hermano pequeño. Así que Ma Liang no iba a la escuela, no sabía escribir ni leer. Lo que sabía hacer muy bien Ma Liang  era dibujar. Como no tenía ni lápiz ni papel, dibujaba caras en los cristales empañados, caballos en la arena del mercado, y cuando tenía suerte y encontraba un palito quemado, dibujaba paisajes en las murallas de la ciudad.

Un día llegó la noche y la madre de Ma Liang aún no había vuelto a casa. Su hermano tenía mucha hambre, pero Ma Liang no tenía nada que darle para cenar.

¿Qué hago? – se preguntaba- Creo que voy a salir a la calle a ver si alguien puede ayudarme y darme algo de comida.

Ma Liang salió de casa y se puso a pasear por la ciudad. Al torcer una esquina se encontró a una mujer muy, muy rica y le pidió ayuda.

– ¿Podría usted darme algo de dinero para comprar la cena para mi hermano?

– Si quieres dinero, lo pintas – le contestó de muy malos modos  aquella mujer.

Ma Liang, sin desanimarse, siguió buscando por las calles hasta que llegó frente a un tendero que vendía frutas.

– ¿Podría usted darme unas manzanas para la cena de mi hermano? – Preguntó Ma Liang

– Si quieres manzanas, las pintas- le volvió a contestar de muy malos modos el tendero.

Un poco más adelante, Ma Liang se encontró con uno de los soldados del emperador, que comía tranquilamente un enorme bol de arroz.

– ¿Podría usted darme un poco de arroz para la cena de mi hermano? – preguntó Ma Liang

¿A que no sabéis lo que le contestó aquel soldado egoísta?

– ¡Si quieres arroz, lo pintas!

Ma Liang estaba triste y emprendió el camino de vuelta a su casa. Casi había llegado  cuando se encontró con un hombre.

¿Qué le puede pedir Ma Liang al hombre que está frente a ella?

– ¡¡Pollo!!

– Si quieres pollo, ¡lo pintas!

Así que Ma Liang volvió a casa, acostó a su hermano y se quedo pensativa.

– Pues ojala pudiera pintar todas esas cosas… Así sería todo mucho más fácil… Quiero un pincel, quiero un pincel, quiero un pincel – pensó Ma Liang, pero no ocurría nada. A lo mejor si lo pensamos todos a la vez y lo decimos muy fuerte lo conseguimos, ¿no? Vamos a cerrar los ojos y a repetirlo en voy muy alta… Quiero un pincel, quiero un pincel, quiero un pincel.

Ma Liang no se lo podía creer. Tenía delante de ella un pincel para dibujar.

-Aunque claro- pensó- una cosa es tener un pincel y otra que la comida que pinte sirva para comérsela.

Aún así, Ma Liang, empezó a dibujar una manzana

– Un círculo por aquí, un palito por acá, una hoja aquí.

Ma Liang tenía una manzana, pero el papel estaba un poco malo para poder comérselo.

– Que se convierta en una manzana, que se convierta en una manzana, que se convierta en una manzana- Pero no pasaba nada.

A lo mejor podemos ayudarla. Vamos a pedirlo muy fuerte y con los ojos cerrados.

– Que se convierta en una manzana, que se convierta en una manzana, que se convierta en una manzana.

Y ¡zas!, de repente, la manzana empezó a ponerse roja y a crecer y crecer hasta que salió de la hoja.

Ma Liang estaba sorprendidísima. Corrió a buscar a su hermano y le dio la manzana para cenar.

No perdió mucho tiempo, porque se acordó de otras personas que vivían en su ciudad y tampoco tenían nada para cenar, así que salió corriendo a la calle para seguir dibujando.

Se encontró primero con un hombre anciano, que tiritaba de frío porque no tenía un lugar donde dormir. Ma Liang dibujó rápidamente un sol.

– Un círculo por aquí, unas líneas por aquí…

Y ¡zas!, el sol empezó a brillar y salió de la hoja para dar calor al nuevo amigo de Ma Liang.

Él se quedó sorprendidísimo

– ¿Esto es para mí?- preguntó

– Claro que sí.

– ¿De verdad?

– Todo tuyo- le dijo Ma Liang.

Siguió su camino hasta que vio a una madre con sus tres hijos, que lloraban porque tenían hambre. Ma Liang decidió dibujar esta vez un poco de arroz.

Un círculo por aquí, unas líneas por acá, unos puntitos más. ¿Y sabéis que pasó? ¡zas! El cuenco de arroz apareció en sus manos.

– ¿Esto es para mi?

– Claro que sí.

– ¿De verdad?

– Todo tuyo- le dijo Ma Liang

Y se fue, hasta que un poco más adelante, descubrió al rico tendero que antes no había querido darle nada de comer. Unos ladrones le habían asaltado ¡y se habían llevado hasta su ropa!

Ma Liang, sin pensárselo un segundo, decidió dibujar para él algo con lo que pudiera vestirse.

Unas líneas por aquí, un círculo por acá, otras rayas por aquí…

La camiseta salió de la hoja y Ma Liang se la entregó al pobre tendero. Él estaba asombrado, más que por la magia del dibujo, porque Ma Liang hubiera querido ayudarle después de lo ocurrido.

– ¿Esto es para mi?

– Claro que sí.

– ¿De verdad?

– Todo tuyo, le dijo Ma Liang

Y así siguió y siguió dando vueltas por la ciudad, ayudando a todas las personas que necesitaban algo. Mientras dibujaba una sopa de verduras para unos niños, alguien le agarró por detrás y tiró de ella.

– Somos los soldados del emperador, dijeron aquellos hombres. Te hace llamar. Quiere que te llevemos frente a él, a ti y a tu pincel mágico.

El palacio del emperador ocupaba el espacio de cien campos de fútbol. Tenía cien habitaciones y delante de cada habitación había dos guardas vestidos con armaduras de oro. Las camas del palacio estaban rellenas con pétalos de cien flores distintas. Al emperador lo acompañaban siempre cien sirvientes que llevaban zapatillas de piel para no hacer ruido al andar, y le servían la cena en una mesa preparada para cien comensales.

El emperador se encontraba en los jardines cuando llegó Ma Liang.

– Buenas tardes niña, ha llegado a mis oídos que llevas contigo un pincel mágico que hace que las cosas que dibujas se conviertan en cosas de verdad. Quiero que pintes para mí un nuevo árbol para colocar en mi jardín; un árbol del que crezcan monedas de oro.

– ¿Para que quieres monedas de oro? – preguntó Ma Liang – Aquí tienes todas las riquezas que puedan imaginarse.

– Las quiero para mí. Me gusta tener muchas cosas, y cuantas más cosas tengo, más ganas me entran de tener más.

– Yo solo pinto cosas para la gente que las necesita. Tengo mucho trabajo que hacer. No puedo perder el tiempo pintando monedas de oro para ti.

– Es una orden- dijo el emperador- ¡Quiero un árbol!

¿Sabéis lo que le contestó Ma Liang de muy malos modos?

– Si quieres un árbol, ¡¡lo pintas!!!

– Está bien, yo mismo lo pintaré- dijo el emperador.

El emperador quitó a Ma Liang su pincel mágico y comenzó a dibujar un árbol lleno de monedas. Cuando hubo terminado, el árbol salió de la hoja, empezó a crecer y crecer ¡y se convirtió en un puñado de carbón!

El pincel mágico no funcionaba con el emperador, porque él quería usarlo egoístamente. Solo funcionaría si se usaba para ayudar a los demás.

– Si no quieres obedecer mis órdenes, tendrás que ir a la cárcel.- dijo el emperador.

Los soldados cogieron a Ma Liang y la metieron en una celda. Y encima rompieron el pincel . ¿Qué puede hacer ahora Ma Liang?

Ma Liang se encuentra un palito en el suelo y piensa que tal vez pueda dibujar con él. ¿Intentamos ayudarle?

– Que funcione, que funcione, que funcione…

Ma Liang dibuja una llave, la mete despacio en la cerradura, abre la puerta con cuidado. Después se asoma al pasillo y ve que hay unos cuantos soldados en el otro lado. Sale de la celda sigilosamente, andando de puntillas, pero de repente pisa unas ramitas que hacen ruido, avisando a los soldados de que Ma Liang está escapando.

– ¡Se escapa!- Grita uno de ellos

Ma Liang empieza a correr todo lo rápido que puede, pero es una niña y los soldados son más rápidos que ella.

¿Qué puede hacer ahora Ma Liang?

Ma Liang dibuja un caballo, se sube en él y el caballo empieza a correr. Por desgracia, el emperador y sus soldados también tienen caballos, así que empiezan a perseguirla. El caballo de Ma Liang es muy rápido, pero los soldados y el emperador la están alcanzando.

¿Qué puede hacer Ma Liang? Ma Liang dibuja un agujero en el suelo, muy, muy grande. Cuando el emperador y sus soldados se están acercando, el agujero empieza a crecer y crecer y a ellos no les da tiempo a reaccionar. El emperador y sus soldados caen dentro del agujero.

¡Bien! Ma Liang lo ha conseguido. Está a punto de irse a casa, pero, de repente, escucha al emperador.

– Ma Liang, por favor, no nos dejes aquí. Tengo miedo, aquí hay por lo menos cien hormigas y un ciempiés. Está muy oscuro, y me he hecho daño en una mano…

Como ya sabemos todos, Ma Liang es una niña muy buena.

– Tengo que ayudarles- piensa Ma Liang. Así que dibuja una escalera para que los soldados y el emperador puedan salir del agujero.

Cuando el emperador salió, estaba sorprendidísimo. Habló a Ma Liang.

– Muchas gracias, niña. Me has ayudado a pesar de que yo he querido obligarte a dibujarme un árbol de monedas de oro, te he metido en la cárcel y te he perseguido con mis soldados. Ahora voy a ayudarte yo a ti. Te regalaré cien caballos y cien gallinas. Podrás venir a vivir al castillo con tu madre y con tu hermano, y pondré cien sirvientes a vuestro servicio.

– Emperador- dijo Ma Liang- No necesito cien caballos, ni cien gallinas, ni cien sirvientes.

– Pues te compraré cien pinceles.

– Tampoco. Yo solo quiero vivir con mi mamá y mi hermano, tener para comer y poder ayudar a la gente con mis dibujos.

– Entonces, ¿no te puedo ayudar?- preguntó el emperador.

– Claro que sí. ¡Usted es el emperador! Ayúdeme a averiguar qué es lo que necesita su pueblo para que podamos hacerle la vida más feliz.

– ¡Claro! No se me había ocurrido- exclamó el emperador- Contrataré a cien personas para que nos ayuden en la tarea, Ma Liang, y haremos que la gente de esta ciudad sea la más feliz de toda China.

A partir de ese día, a la gente del pueblo de Ma Liang nunca les faltó de nada. Ma Liang y el emperador dedicaron toda su vida a pintar y pintar cosas.

Y Ma Liang nos mandó un mensaje a todos nosotros, ¿cual es? Que aunque nosotros no tengamos un pincel mágico, podemos, como ella, intentar ayudar a todos los que nos necesiten.

(Adaptación de cuento del folklore chino)

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monica

10 años ago

Zumo no cuenta simplemente una historia, sino que transmite y emociona. El cuento se transforma en un gran abrazo, un sueño tranquilo con una eterna sonrisa…
Es increíble ver cómo le da un soplo de vida a cada historia, a cada personaje, a cada hecho, sensación o sentimiento.
Con mi vasito de zumo y Ma Liang he descubierto, creado, viajado, imaginado y sobre todo reflexionado.
Gracias.

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